Tan sólo me queda la resignación, lo dice el médico.
"Esa la regalan" me habían dicho, pero no es cierto. Se paga y se paga cara con el olvido y encima ahora ha subido la inflación. Así que fui al mercado, y compré tantos tarros de resignación..., uno por cada momento, imagínate. Pagué recuerdos, pero no pude evitar guardarme el cambio. Nunca se sabe cuándo le hará falta a uno.
Así llevo dos días de momento, como el médico receta, una cucharada de resignación cada mañana, antes de nada, antes incluso de lavarse los dientes, no vaya a ser que de los sueños se escape un poco de esperanza y no pueda matarla a tiempo. No hay problema si el olvido se ha hecho inmune, pero mi olvido está un tanto débil, le falta ese recuerdo de cambio que me entregaron en el mercado. Aún así creo que se puede combatir con las dosis adecuadas.
"¿No tienes nada contra la frustación, la impotencia...?"
"¿Te refieres al arrepentimiento, sí, a pensar que podrías haber hecho... y por consecuencia el dolor...? Sí, entiendo qué quieres decir. Por desgracia para eso no hay nada aún, pero lo están investigando"
"¿Y la pastilla de la felicidad?, ¿No podría probarla?"
"No, ésa no sirve, ya no se receta, está prohibida. Han descubierto que tiene efectos secundarios: la tristeza, una tristeza de la que jamás saldrías. Irónico, ¿No crees?"
"¡Hum...! Está bien, afianzaré mi fé en la resignación por ahora"
Lucía Rodríguez Paraja